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El Descubrimiento 
Jesús Moraes 
 
El aniversario

En esos días yo vivía al revés de todo el mundo. Trabajaba de recepcionista en el turno de la noche de un hotel de Montevideo. Tardé en admitir que esa situación me estaba matando. Una tarde, desperté sin ganas de levantarme. Mi mujer entró en el dormitorio y levantó la persiana y dijo:
-Duermes todo el día, -después agregó- mañana es el aniversario de la muerte de tu padre.
-Es verdad -respondí medio dormido- traeré rosas cuando regrese.
-Las llevaré al cementerio mientras descansas -añadió- y se puso a ordenar el ropero que vomitaba trapos por las cuatro puertas.

Todos los días a las cinco y treinta de la mañana, llegaba mi relevo a la recepción del hotel, tenía media hora para llegar a la parada y agarrar el ómnibus que me dejaba en Villa Española. Ese día no sé que pasó, estuve horas esperando hasta que por fin apareció atrás de una nube de humo el viejo tres treinta de UCOT. Le hice señas y paró en el medio de la calle. Subí bastante desconfiado pero no estaba dispuesto a seguir esperando, con ese ramo de flores en las manos. Ese ómnibus no tenía guarda y aparentemente nadie cobraba el boleto, eso no me llamó la atención. Lo que realmente me sorprendió, fue un pasajero que en lugar de pelo tenía una planta de la familia de las hiedras, enraizado en el cuero cabelludo. Por lo abigarrado de sus raíces me resulto parecida a la yerba meona, de hojas carnosas, tipo verdolaga y de un verde muy intenso. Este hombre hablaba con absoluta espontaneidad y en lo mas mínimo de sus gestos se advertía algún vestigio de incomodidad que revelara cierto malestar ante esa extraña cabellera de origen vegetal. Unos tallos cortos y retorcidos se enmarañaban alrededor de su cabeza, en cuyos extremos, en forma de racimos, asomaban esas hojas redondas y aceitosas. A su alrededor ningún gesto de asombro, me esforcé todo lo que pude en disimular mi extrañeza ante ese pasajero. Hablaba con una mujer que respondía en un idioma que no logré reconocer, pero por lo rudo de aquel lenguaje y los rasgos físicos de ambos supuse que eran campesinos polacos. A juzgar por los gestos que expresaba la mujer ella se negaba rotundamente a todo lo que decía su interlocutor. Movía la cabeza en todo momento, le señalaba con el dedo a la cara, incluso le pegó una cachetada, pero el respondió con una sonrisa espléndida que amortiguó formidablemente la irritación que podía haber desencadenado esa bofetada. Enseguida retomó la palabra con mucho mas autoridad que antes. La actitud con que respondió a la agresión de su acompañante lo acababa de consagrar como un extraordinario caballero de una exquisita sensibilidad. El veterano era un experto en el juego del galanteo, le hablo en francés en mas de una oportunidad, en un tono dulce irresistiblemente entrador. Era obvio que esa mujer no resistiría mucho tiempo ante el despliegue de recursos que hacía gala este seductor, cuya vitalidad irradiaba una fuerza salvaje. Yo estaba convencido que la fuente de energía que este hombre liberaba, se producía gracias a la clorofila de sus cabellos brillantes. Cuando comenzó a hablarle en el oído y ella no ofreció resistencia, tuve la certeza que ambos determinarían mi presencia como terriblemente inoportuna. Muy pronto se confirmaron mis sospechas, cuando él dijo en perfecto castellano y en un marcado tono madrileño: "¡Ya que no es posible evitar que nos miren, pues, evitemos nosotros mirarlos a ellos!" En seguida desanudó de su cuello un enorme pañuelo negro, y le vendó los ojos a su compañera, lo mismo volvió a hacer con los suyos y se acaballaron en un abrazo impúdico y obsceno. Fue en ese momento que tuve el primer impulso de abandonar el ómnibus. Unos deseos irresistibles de salir de esa situación me dominaron completamente. Huir de ese lugar donde mi presencia resultaba inoportuna, se había convertido en mi mayor propósito. Mucho más adelante terminaría de descubrir, que en aquel viaje toda presencia era inoportuna. En realidad, yo ignoraba que me había embarcado en un viaje cuyo destino desconocía y aún obraba como si dispusiese de una libertad que ya no existía. El ómnibus corría a una velocidad impresionante y lejos estábamos de alguna parada, que me permitiera bajar, sin hacer evidente el malestar que padecía ante las circunstancias que vivíamos. De todos modos me paré lentamente hasta la puerta del medio del coche y desde ahí le chisté al conductor sin mirar a los pasajeros. Un silencio sepulcral, precedió a mi silbido, el motor del ómnibus en ningún momento descendió la marcha, por el contrario, aceleró aún más. Volví a insistir, esta vez con un silbido tímido y desafinado, ante la velocidad del coche que se duplicaba vertiginosamente. Sentí el peso de las miradas de todos los pasajeros sobre mí. Me armé de coraje y levanté la vista hacia adelante, con una sonrisita tonta, que no hizo otra cosa que poner de manifiesto, el profundo desconcierto que padecía por dentro. Así enfrenté a los pasajeros, uno a uno, y todos, incluido el conductor, soltaron una carcajada grotesca que me cayó como un balde de agua fría. Abochornado por el ridículo, retorné a mi lugar con aquel ramo de flores a cuestas. Me recosté a la ventanilla fingiendo un cansancio que no tenía. Antes de dormirme sentí un grito con aire de burla: "¡Cierre atrás y vamos!". Pero no abrí los ojos, era evidente que alguien se burlaba imitando a un guarda que no existía. El cansancio me fue rindiendo y en el murmullo del lenguaje rústico de los "extranjeros" el sueño me fue venciendo.

Desperté de un sobre salto con el sol que me golpeaba la cara. Tardé en reconocer el lugar, los pasajeros y el dolor en la espalda que me había provocado dormir sentado. Me refregué los ojos sin advertir que a mi costado, se encontraba un niño albino. Del día anterior no recordaba ese pasajero, de todos modos opté por ser muy cauteloso. El albino me miró con sus ojos rojos y sonriendo sacudió la cabeza. Le guiñé un ojo para conquistar su simpatía y rompió a llorar de una forma escandalosa. Una mujer, que tampoco recordaba del día anterior, se acercó muy tranquila, me besó los labios con furia y se llevó al albino de una oreja. Antes de llegar a su lugar, se volvió hacia mi con la mirada penetrante y me dijo:

-¡Te odio!

Me causó gracia la actitud de esa mujer que supuse la madre del niño. Si bien me resultó interesante el beso de sus labios, no dejaba de ser contradictoria esa forma de confesarme su sentimiento. Cuando advertí que el hombre de la cabellera verde, me miraba sonriente y señalando a la madre del albino me ofrecía las vendas negras, decidí rápidamente ponerle fin al asunto. Le dije que no meneando la cabeza con fastidio. Pero el se encogió de hombros en actitud de indiferencia, y continuó sonriendo como burlándose de mi decisión. Recliné el asiento y cerré los ojos para evitar esa mirada cargada de lascivia que se posaba con insistencia en la madre del albino. Fue en ese momento, que la frase en tono madrileño que había escuchado el día anterior en boca del seductor, me empezó a sonar como una verdad asombrosamente encantadora. De pronto aquella frase caía en tierra fértil y germinaba con una urgencia impresionante, mi conciencia no daba abasto en asimilar toda la sabiduría que se empezaba a revelar a borbotones en las escasas palabras de aquella frase. Era inconmensurable la riqueza encerrada en ese mensaje y sin límites la velocidad con que se sucedían las diversas verdades, ocultas en el mensaje. Un agudo sentimiento de culpa se mezclaba con la felicidad de este tardío descubrimiento que se me otorgaba. Y una angustia inevitable, se engendraba en el seno de mi alegría, ante la imposibilidad de retener toda la sabiduría que torrencialmente se me revelaba. La reiteración de esa frase formaba una espiral enorme, que en cada uno de sus círculos, recapitulaba el anterior y lo reformulaba en nuevas significaciones cada vez más ambiciosas. A mi costado se escurrían infinidad de conocimientos que no lograban ser asimilados por la lentitud de los engranajes de mi inteligencia. Sin embargo, esta experiencia me indicaba un acceso sin límites a las raíces del conocimiento. La tardanza en asimilar la sabiduría que se había ocultado en la sencillez de aquella frase, me empezaba a pesar con un dolor agobiante que no lograba localizar. El sufrimiento que padecía era infinitamente superior a las fuerzas que disponía para soportarlo. Yo estaba convencido que el peso de ese sufrimiento, terminaría aplastándome inexorablemente. Pero de pronto advertí que las barreras que me habían impedido poseer a la madre del albino ya no existían y todas las inhibiciones que habían actuado cuando rechacé las vendas negras, ahora se disipaban en un arrepentimiento crucial que me empezaba a tomar por las espaldas. Mientras tanto el deseo por esa mujer se me había ganado en el torrente sanguíneo y ahora circulaba por mi cuerpo de una forma ingobernable. Sin poder hacer nada por detener la locura que esa pasión desataba, me puse de pie y busqué con desesperación a la madre del niño albino. Como un caballo desbocado recorrí el ómnibus de punta a punta pero en ninguno de los pasajeros pude reconocer el rostro sensual de la mujer de labios carnosos que dijo que me odiaba. Al volver a mi lugar me crucé con el hombre de pelo vegetal y me dijo:
-Se te ha revelado la verdad muchacho.
-Si Juan -conteste con ironía- que la vida es igual al sufrimiento!
-No idiota, que la ignorancia es la madre de los sufrimientos. -respondió con cara de enfado.

Se cubrió los ojos con las vendas negras y se reclinó en el respaldo de su asiento. Escuché que murmuraba sacudiendo la cabeza:
-Es inútil cuando la iluminación se da sobre los necios.

Así pues volví a mi lugar, sin poder dejar de pensar en el misterio de esa mujer desaparecida que se me había convertido en objeto de un deseo dolorosamente insoportable. En esas circunstancias, no me disgustó la idea de quedar solo en mi asiento. Es más deseaba que nadie, salvo la madre del albino, se sentara a mi costado. Apenas empezaba a disfrutar de mi soledad, cuando un viejo decrépito se sentó a mi costado. Movía los labios murmurando una plegaria y asentía con la cabeza sus propios pensamientos. Un quejido asmático se le fue colando en la respiración hasta que irrumpió una tos de perro espantosa. De pronto, se calmaba la tos, pero permanecía con la respiración muy agitada y un silbido en el pecho que no le permitía pronunciar palabras, mas que balbucear un gemido ruidoso. En un momento sacó una brújula del bolsillo del chaleco, me la entregó y me dijo:
-El infierno son los otros hijo.
-Eso es de Sartre -contesté.
-Sartre no existe -añadió- y cayó con los ojos en blanco en el pasillo del ómnibus. Inmediatamente la gente se dio vuelta y comenzaron a cantar al ritmo de "Mambrú se fue a la guerra":
-"Se murió tío Pepe chiribín chiribín chiribeiro/se murió tío Pepe y ya no jode más/ do-re-mi, do-re-fá/ y ya no jode más..."

Alguien le alcanzó un violín al niño albino y escuchamos una melodía muy triste. Curiosamente mientras duró esa melodía dejamos de escuchar el motor del ómnibus y el paisaje desapareció de las ventanillas y sólo veíamos a través de los vidrios un cielo violeta infinitamente extenso a los cuatro costados del coche. En el acorde final de la melodía del albino, el ómnibus se sacudió como si aterrizáramos de emergencia y el paisaje volvió bruscamente a las ventanas. Osciló por un momento la línea del horizonte, pero enseguida se estabilizó en los vidrios y nuevamente sentimos el motor que volvió a ocupar el lugar de la melodía del niño albino.

Un hombre gordo de abundante barba y pelo rizado lavó el cuerpo del viejo con hierbas aromáticas, lo ungió con óleo de Judea y le quitó los zapatos al muerto. Después lo cubrió con una manta rayada y lo ató con hilo sisal igual que un matambre cocido. Finalmente lo arrastró hasta las ultimas filas de asientos. En ese sitio, celebró un acto religioso, que consistió en la lectura solemne del salmo ocho, entre verso y verso la gente repetía como antífona responsorial el versículo cinco del mismo salmo: "¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?".

Al terminar el funeral del viejo, advertí que en el asiento de los bobos venían tres marineros. Tenían cara de orientales pero más tarde supe que cantaban correctamente en castellano.
Demoré en darme cuenta que no eran parecidos, eran perfectamente iguales. Los tres tenían el mismo dragón tatuado en el brazo izquierdo, la misma cicatriz en la mejilla derecha, la misma boca, las mismas caries, hasta los calcetines rojos que llevaban puestos, estaban en el mismo tobillo. Todos sus movimientos eran perfectamente sincronizados, los tres miraban al mismo tiempo las mismas cosas, decían exactamente las mismas palabras y reían perfectamente al mismo instante. Me acordé inmediatamente del Padre Demetrio, de quien se rumoreaba que gozaba del don de dislocación y se presentaba en el prostíbulo a tomar copas con María Suárez, en el mismo momento que celebraba la misa con sus viejitas más devotas. Esa capacidad de hacerse presente en distintos lugares, en el mismo momento, sólo se alcanzaba con el fin de acercar el auxilio divino a los pecadores, o extenderle el anuncio a los paganos y eso me resultaba razonable en Demetrio y en los santos. Pero esto de los orientales era absolutamente inexplicable, se trataba de una misma persona que se dislocaba en un mismo lugar, sin ningún motivo que justificara tamaña ostentación de poder. Ellos se dieron cuenta de mi sorpresa y me sonrieron al unísono, tuve la ligera sospecha que el problema estaba en mí y no en ellos, que se trataba de una ilusión óptica, que por algún motivo los veía triple, como cuando se bebe alcohol en exceso. Pero ellos volvieron a sonreír y siempre al mismo tiempo negaron mi hipótesis de la ilusión óptica, meneando la cabeza al mismo ritmo. Por si me quedaban dudas de la dislocación de los orientales, interrumpieron por un instante su sincronización y empezaron a jugar entre los tres con las palmas de las manos en complicados movimientos mientras cantaban a voz en cuello: "En un convento borom-bom-bom/ había una negra borom-bom-bom/con tres negritos borom-bom-bom-..."

Todo el pasaje conocía esa canción y se engancharon con euforia a jugar con las manos. Se destacaba la voz chillona del albino en medio del griterío y la algarabía que provocaba aquel juego. De pronto, los orientales interrumpieron el juego y volvieron a la simultaneidad de sus movimientos idénticos. La euforia cayó abruptamente y un silencio espeso se apoderó del ómnibus. No sé cuantas horas llevábamos de viaje, el sol ya comenzaba a ocultarse y aproveché el silencio para intentar dormir. Estaba a punto de alcanzar el sueño, cuando vi que los tres marineros se estrecharon en un abrazo y los tres se fundieron en uno que se desperezó a sus anchas, bostezó ruidosamente y se tendió a lo largo del asiento de los bobos y quedó profundamente dormido. El episodio de los orientales me había quitado definitivamente el sueño.

Entrada la noche me puse a mirar hacia afuera tratando de olvidar este viaje, que yo, entraba a sospechar como sin retorno. Me fastidiaba sus pasajeros y me angustiaba ignorar el destino que llevábamos. Preso de una ansiedad que me devoraba, supe que no podría dormir esa noche. La ciudad hacía muchas cuadras que me había empezado a ser radicalmente desconocida. Atravesábamos una avenida de adoquines con veredas angostas. A los dos costados de la calle se recortaban unos edificios en ruinas, la mayoría sin techo y con las puertas colgando de una sola bisagra. Me llamó poderosamente la atención la cantidad de perros en la vereda. Una jauría enorme poblaban los zaguanes de esas casas desiertas. Se perseguían entre ellos y se trenzaban en luchas feroces, arrancándose los pedazos entre ladridos y dentelladas. Ni un alma vimos en la ciudad de los perros. En una esquina, el coche se detuvo y los perros nos rodearon enfurecidos. El conductor abrió una banderola ubicada en el techo del coche, y desde ahí tiraron el muerto a la calle. Los animales se paraban en dos patas para olfatear las ventanas. Gemían de hambre y arañaban el coche desesperados. A mi me dolían los dientes de escuchar el rasguido de sus uñas en las paredes metálicas. Mientras los animales se concentraron alrededor del muerto, el conductor aprovechó para retomar lentamente la marcha del viaje. Miré hacia atrás por el vidrio del fondo, y vi a tío Pepe desnudo, luchando a brazo partido con la voracidad de las fieras que lo devoraban con furia. "!Está vivo!" -pensé con horror- pero no dije nada, en silencio volví la vista hacia adelante. Pues me acababa de convertir testigo de algo que nadie jamás me creería.

A las tres de la madrugada entramos en un subterráneo, una oscuridad de catacumba se apoderó rápidamente del coche y un silencio de plomo cayó como una lluvia maciza en el interior del ómnibus. Tuve la impresión que la temperatura descendió bruscamente y un escalofrío nos hizo castañetear los dientes, pero fue breve el paso por el subte, enseguida salimos al otro extremo del túnel, lo extraño que ahora, un resplandor de aurora se ganaba en la cúpula del cielo y reflejos plateados bordeaban las lomas de un campo verde azulado. Un olor a flores silvestres se filtraba en el interior del coche y la humedad del pasto subía como una bruma también perfumada por la tierra y el agua. Una luna enorme se recortaba a ras de tierra como una piedra en llamas emergiendo del suelo. A través del subterráneo cambiamos de escenario, perdimos el entorno urbano y nos internábamos tierras adentro dejando atrás el eco de los perros ladrando. Viajábamos por una carretera calzada en cantos rodados. A nuestro costado un río de márgenes anchas corría en el mismo sentido que viajábamos. Con la brújula que me había regalado tío Pepe, pude saber con precisión que ese río corría de norte a sur. Si no fuera por el dato que me proporcionaba ese instrumento, yo hubiera jurado que se trataba del río Uruguay. Este paisaje extraordinariamente bello, carecía absolutamente de sonidos, un silencio de hielo acompañaba aquellos colores predominantemente fríos y delicadamente combinados. En realidad ese silencio, creaba un clima de miedo insoportable, era la primera vez que asistíamos a un encuentro con la naturaleza en un silencio tan desolador. El universo de los sonidos se había vuelto mudo y la ausencia de los ruidos provocaba un vacío atroz. Así llegamos a una cascada y contemplamos el desplazamiento sordo de aquella enorme masa de agua. Un dolor agudo nos cortó el aliento mientras observábamos el gigantesco caudal del río desplomarse en silencio en el salto del agua. Aterraba el derrumbe del río sin la más mínima turbulencia. Esa silenciosa contemplación nos estremeció de dolor y nos abrazamos por primera vez en un mar de lágrimas. Lloramos amargamente el imperio del silencio, sin poder escuchar nuestro propio llanto. En realidad, el silencio se había impuesto como una cortina de vidrio ente nosotros. Perdimos toda posibilidad de comunicarnos. Algunos intentaron por medio de señas transmitirse mensajes cortos, otros gesticulaban palabras sordas con la esperanza que alguien leyera en el movimiento de sus labios el contenido de sus pensamientos. Mas allá de elementales gestos de comunicación, nadie pudo salir del profundo aislamiento que el silencio nos había impuesto. Fue en ese momento, de honda congoja, que un hombre de complexión gruesa, pelo largo y ceño fruncido, se puso de pie cerca del motor del ómnibus. A pesar del silencio que reinaba, inmediatamente que se puso de pie acaparó la atención de todo el pasaje. Sacó una batuta del interior de su sobretodo, la golpeó sobre un atril imaginario, cerró los ojos en una concentración enorme y comenzó con las dos manos a dirigir la novena sinfonía de Lugdwin van Beethoven. Las notas de la novena vibraron con un esplendor impresionante en lo más profundo de nosotros mismos y una emoción sin límites nos fue sacudiendo a medida que la orquesta entraba con mayor vigor en la ejecución de la obra. Era la primera vez que una alegría desbordante me alcanzaba casi al límite de la euforia. Todas las angustias que me habían suscitado este viaje comenzaron a dibujarse de una forma completamente nueva e increíblemente lejanas. Era evidente que el eco de esa sinfonía tenía raíces en nuestra memoria, y por eso movía en nosotros cuerdas extremadamente sensibles.

-Nos devolviste la vibración de los tímpanos! -dije al director de la orquesta, con la boca de oreja a oreja.
-No, no, -alcance a leer en sus labios- los tímpanos no tienen memoria. Guardó la batuta en el bolsillo de su abrigo y se volvió a su lugar sin mirar a nadie. Yo quedé pensando que si no hubiera dicho nada, tal vez hubiera pasado por un filósofo, pero cada vez que abría la boca no hacía más que ilustrar mi ignorancia
-"Hasta el necio, si calla, se le tiene por sabio, por inteligente, si cierra los labios". -me dije sin resignarme.
Me apenaba haber provocado tal consternación en el director de la orquesta. No tuve más remedio que aceptar que las notas de la novena estuvieron desde siempre en nuestro interior, y que el director de la orquesta únicamente las había encendido en nuestra conciencia. De manera que ese concierto maravilloso que acabábamos de escuchar solo había sonado en lo más recondito de cada uno de los pasajeros. No sé porque estaba tan seguro que ese concierto significaba nuestro último adiós al mundo de los sonidos y que a partir de ese rito que había significado la novena ingresábamos de lleno al desconocido universo del silencio. Instintivamente abrimos las ventanas del coche con esperanzas de rescatar el rumor del río, pero esta vez el silencio nos fue sumiendo en un sueño muy profundo. Desperté a plena luz del día y un olor a fruta podrida invadió el coche. Reconocí inmediatamente el lugar por donde cruzábamos. Estábamos frente al Mercado Modelo a muy pocas cuadras de mi casa. Reconocí con emoción la avenida Centenario y cada una de las esquinas de ese paisaje tan cotidiano. El ómnibus aún continuaba su recorrido pero ya no quedaba nadie más que el conductor y yo. Cuando llegamos a la calle Londres el coche se detuvo y el conductor abrió la puerta del medio y me señaló la parada. Bajé radiante ante el final de este viaje, sin sospechar que en la garita se encontraba mi padre. Arrugó la frente cuando me vio descender con flores y capté en su mirada que me interrogaba por las rosas que apretaba en las manos.

-Se las prometí a mi mujer con motivo de tu aniversario -dije con temor a que se enojara- pero se me han puesto muy feas en este viaje tan largo.
-Olvídalas respondió sin mover los labios- tu casa está llena de flores desde las primeras horas de la madrugada. Apoyó un brazo sobre mis hombros y comenzamos a caminar por los canteros de Centenario. Bajábamos sin rumbo por la doble avenida, con todo el peso de la eternidad en la espalda y el aliento del silencio que nos había congelado la garganta.

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