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El Descubrimiento 
Jesús Moraes 
 
El exilio

Un domingo a la madrugada, Santa Rosa del Cuareim despertó convulsionada por la ausencia de sus jóvenes. Ni una familia escapó al drama del exilio. Generaciones enteras se borraron, sin dejar la más mínima huella. Una fiebre de nuevos horizontes soplaron ese verano y todos los jóvenes se enarbolaron con las maravillas del progreso. Sin consulta, a corazonada limpia se fugaron de sus hogares. En esa oportunidad, el tren de la media noche no dio abasto ante la demanda inesperada de pasajes. Pero en los vagones de carga, trepados sobre el techo, acurrucados en las plataformas, y colgados sobre los travesaños de los ejes viajaron la mayoría de estos pasajeros. "¡Hay que irse viejo Catardo!" fue el único mensaje que dejaron en el pizarrón donde se indicaban los horarios ferroviarios.

Fue de tal magnitud el desconcierto y la incertidumbre que provocó la ausencia de estos jóvenes en el pueblo, que la gente sólo hablaba de las calamidades, las peripecias y los martirios que se habían desencadenado. Una tristeza de viernes santo se apoderó de todos los días de la semana y ya nadie tenía ánimo de trabajar ni de seguir luchando. Un desánimo vital cayó como un mazazo y una abulia feroz se apoderó de la comarca. Toda la naturaleza sufrió el impacto que sacudió a Santa Rosa. La cosecha del maíz se pudrió en la planta, porque nadie, ni siquiera las cotorras tocaron esas mazorcas. Las gallinas dejaron de poner huevos, las vacas escondieron la leche y los gallos en lugar de cantar a la salida del sol se empezaron a descalabrar en ataques de llantos irremediables. En esos días, las golondrinas emigraron el seis de enero y en pleno carnaval el invierno marcó sus primeras heladas. Un desorden generalizado se fue haciendo cada vez más claro, las costumbres más arraigadas sufrieron profundas modificaciones. Las mujeres empezaron a frecuentar las tabernas y pedían las bebidas de mayor graduación alcohólica, jugaban al truco todo el día y se decían groserías entre ellas. Aprendieron a dominar el taco del billar con maestría y jugaban a la carambola con los ojos cerrados. Masticaban tabaco en cuerda y escupían sin escrúpulos. En más de una oportunidad se trenzaron en trifulcas de cuchillos y se marcaron la cara con tajos profundos. En cambio los hombres, desenterraron de los baúles amuletos religiosos, escapularios de algodón con la imagen de la virgen del Perpetuo Socorro. Rosarios de todos tipo, desde semillas de paraíso hilvanadas con alambre de cobre a cuentas de marfil engarzadas en oro macizo. Crucifijos de esmeralda con topacio y amatistas, y crucecitas de madera ordinaria atadas con piola catalana. Escarapelas de Ejercitantes, estampitas del Sagrado Corazón, detentes de papel y fieltro, medallitas de la Virgen Milagrosa, llaveros de San Cristobal, libritos de comunión encuadernados en nácar, espléndidos brazaletes y gruesos misales de tapa negra. Con todos estos atuendos los hombres se amontonaban en la iglesia. Amanecían rezando novenas completas. Durante el día paseaban la imagen de Santa Rosa de Lima en soberbias procesiones masculinas. "¡Santurrones!" "¡Come Santos!" "¡Ratones de sacristía!" Gritaban las mujeres a sus maridos desde los mugrientos bodegones. El sacristán, anacoreta en la cuchilla de Haedo, novicio de los Redentoristas en el convento de Manuel Ocampo, y aspirante a Cartujo en la clausura de San Romualdo, fue el conductor de ese repentino y desconocido fervor religioso. Les enseñó a cantar gregoriano y recorrían el santoral entero en letanías magnificas, detenían las puestas del sol con las maravillas del Exulten y exasperaban de odio a sus mujeres cantando el "Reina de los Cielos".

Los niños, abandonados a la buena de Dios vagaban por las calles hasta altas horas de la madrugada, dormían en el pórtico del templo, en la estación de ferrocarril, en el umbral de los prostíbulos. En los lugares más insólitos era normal encontrar racimos de niños desamparados.

El comisario, en un acto de franqueza sin límite se rindió ante el caos que imperaba y se autoarrestó a pan y agua hasta que los acontecimientos retornaran a sus cauces naturales. Tomaron las riendas del orden tres oficiales de Cerro Amarillo conocidos por su destreza para domar baguales y novillos. Pero el primer día que asumieron ya le perdieron el gobierno al destacamento. Clausuráron las rondas nocturnas, y organizaron unas partidas de gofo estupendas en el patio de la comisaría. Terminaron suspendiendo hasta nuevo aviso el control del orden público y se plegaron con euforia a las alabanzas en gregoriano que presidía el Sacristán de la Parroquia. Sólo la mujer del comisario continuó entrando a ese lugar desolado. Todos los días bajaba a la mazmorra en que moraba su esposo, con la ración de pan y agua que autorizaba el reglamento.

El cura se internó en el sótano de la parroquia a elucubrar martingalas teológicas. Buscaba sólidos argumentos sobre el carácter de estos desajustes, a fin de anunciar a sus fieles el apocalipsis de Santa Rosa, con el mayor rigor escolástico y el máximo ardor de los profetas. "Son signos evidentes del fin de los tiempos", confesó aterrorizado al comisario la última vez que fue a visitarlo al calabozo. Dejó en manos del sacristán la administración de los sacramentos: "salvo la eucaristía hijo mío, todo lo demás te autorizo a celebrarlo". Al despedirse, antes de sumergirse en la humedad del sótano de la iglesia, lo bendijo solemnemente y bajó tirando la cuerda de un cajón con rueditas cuyo único contenido era la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. Los golpes de este cajón sobre la escalera se fueron haciendo cada vez mas fuertes hasta que bruscamente imperó el silencio y ya no se volvió a escuchar sonido alguno. Por su parte el juez, desconsolado por la ausencia de su único hijo, se dedicó a la quiromancia. Adivinaba el futuro de los niños sentado en los canteros de la plaza y cantaba villancicos al pie del obelisco. "La justicia de los hombres es una patraña!". Respondía encogiéndose de hombros si alguien preguntaba por el juzgado cerrado y los delitos flagrantes que se veían a diario en el pueblo. En más de una oportunidad intentaron hacerlo volver a su magisterio pero siempre se negó con la misma frase: "¡Más vale un mal acuerdo entre los hombres que un buen juicio entre caballeros!".

Llegado el mes de diciembre, todos los jóvenes de este lugar, en el mismo tren que habían partido regresaron la tierra de sus origenes. Cuando llegaron, no reconocieron el paisaje. En la estación, sólo ratas y lagartijas descubrieron. Las construcciones se habían rajado como si hubieran pasado siglos y los reboques se caían a pedazos con la más mínima brisa. Los pastizales atravesaban las calles y en las grietas de los muros crecían helechos gigantes. Orquídeas de todos los colores y una espesa carpeta de musgos verdes cubría completamente la fachada del templo. Por todas partes asomaban los esqueletos de los muertos. En los canteros de la plaza, sobre el armonio del coro, en los hilos del alumbrado, en la costa del río y hasta en los aljibes vacíos descubrieron restos humanos. Ni un sobreviviente encontraron en Santa Rosa. Levantaron una montaña con los huesos que recogieron y los inhumaron a fuego lento en una hoguera en el centro de la plaza. Sobre las cenizas de sus parientes juraron quedarse para siempre y reconstruir los antiguos cimientos del pueblo que habían perdido, sin saber como diablos harían para evitar que las nuevas generaciones, volvieran a repetir el exilio que ellos habían conocido.

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