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El Descubrimiento 
Jesús Moraes 
 
Los sepulcros vacíos

Ahora ya era tarde. El dolor había dejado de ser algo fácilmente localizable en alguna parte del cuerpo. Se había convertido en algo mucho peor, era un resplandor lacerante que lastimaba los ojos, y pulsaba desde todas las entrañas del universo.

A Nelson Traba le habían quebrado las piernas con golpes brutales y ningún gemido de fondo se escuchó a la contundencia de esos golpes salvajes. Salvo el chasquido de sus huesos que retumbó en nuestro silencio como el último aliento de su cuerpo derrotado. En efecto, Nelson estaba muerto desde hacía horas, sin embargo seguía sangrando como si aún estuviera vivo. Cuando lo bajaron de la cruz y procedieron a desatarlo, un aroma penetrante a hojas de ruda macho subió hasta el cielo y formó una nube espesa de color ceniza que cubrió el sol de las tres de la tarde. Javier Salsamendi aún estaba vivo. Deliraba, tal vez por la presión de la sangre oprimiéndole el cerebro, y los hombros desencajados de soportar el peso de su cuerpo. "¡La muerte no arregla nada!" Repetía sin desesperación, modulando sus palabras con esa trágica ternura que suelen hacer gala los borrachos en el esplendor de sus delirios. Lo habían crucificado con la cabeza hacia abajo, pero de la misma forma que a Nelson, en lugar de usar los clavos lo sujetaron al madero, amarrándolo por las extremidades con tanta presión sobre los nudos, que muñecas y tobillos se habían descoyuntado y los pies y las manos brillaban como enormes vejigas de agua a punto de estallar en cualquier momento: "¡Hijos de puta!", fue lo último que dijo antes que un soldado le partiera el cráneo de una patada.

Al pie de la cruz, una muchacha hermosa, con los labios y las uñas pintadas pero completamente desnuda, lloraba reclinada al pecho de un adolescente. Este joven, todo vestido de negro, llevaba el pelo recogido en forma de cola de caballo, y del lóbulo de su oreja derecha colgaba una caravana. Sobre su cabeza, un pañuelo de colores brillantes, cruzado por franjas rojas y un puñado de estrellas blancas. Ambos lloraban sin consuelo.

En ningún momento el muchacho nos dirigió la mirada. Atendía tan concentrado a la jóven desnuda, que sólo bebía sus lágrimas y besaba sus manos pálidas.

No tardé en darme cuenta que esa muchacha tenía un medallón, con la inscripción de mi nombre en signos arameos.

Yo quería decirles que no lloren, que aguanten, que frente a nuestros verdugos no estaban obligados a ser tan sinceros. Pero ellos lloraban sin miedo. Cada vez mas espontáneos, abrazados a un sentimiento que sin duda los exponía al peor de todos los riesgos. Era evidente que si seguían siendo tan explícitos correrían irremediablemente nuestra suerte. Intenté inútilmente comunicarme con ellos. Pero tenía la lengua destrozada por los temblores involuntarios y cuanto más me esforzaba en hablar más pronunciados se hacían los castañeteos. Los clavos en los pies y en las manos me había agarrotado los dedos. Ya no servían para nada, y por más que yo me esforzaba en moverlos, ellos permanecían congelados, definitivamente petrificados. Desistí sin dejar de pensar en esos adolescentes. Deseaba que se salvaran y no que se murieran como dos ingenuos.

Finalmente llegó mi hora. Un soldado de torso desnudo se acercó con una bayoneta calada y me atravesó el pecho de una feroz cuchillada. Fue un chorro de fuego que me traspasó todo el cuerpo y un manantial de sangre hirviendo que se abrió paso entre los fierros. El grito de la mujer y el júbilo del pueblo. Un rayo sobre el templo y el relinchar de los caballos y otra vez el sabor amargo del silencio conocido, y la penumbra cada vez mas lúgubre de las tinieblas del infierno: "¡Mierda!" grité, mientras la cabeza se me derrumbaba sobre el hombro izquierdo.

Al tercer día, tal como habíamos acordado, dejamos los sepulcros vacíos y volvimos a encontrarnos en la orilla del océano. Apestábamos con el olor de la mirra, de el insienso y del áloe. En el rostro se nos reflejaba con nitidez las huellas de la violencia sufrida. Celebramos el reencuentro con unos mendrugos de pan que recogimos de un basurero y bebimos la última botella de vino que habíamos enterrado en ese sitio la noche que nos prendieron. Al amanecer, nos quitamos el alquitrán pegado a la suela de las sandalias y huimos del resplandor que nos laceraba los ojos. Nos alejamos sin comentarios sobre la suerte que habíamos corrido, caminando mar adentro con los pies sobre el agua fría, infestada de peces muertos y cubierta de un fluido espeso, que flotaba como una mortaja negra sobre las aguas de los océanos.

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